El peso de la memoria (3 de 4)

Viernes, 24 Marzo 2017 10:24 Escrito por  Enrique S. Cardesín Publicado en Enrique S. Cardesín Visto 125 veces

Al día siguiente, ya en dependencias policiales, el Mudo, empapado de sudor y acuciado por alguna repentina urgencia, le pidió a Esteiro que se dirigiese a la sala de interrogatorios y retornase al detenido a los calabozos. La escena que Esteiro observó allí le revolvió las tripas; aunque, tras un esfuerzo ímprobo, pudo frenar a tiempo el turbión del vómito que ya le asaltaba la garganta. Acuclillado en un rincón de la fría e inhóspita estancia, había un chico, de apenas veinte años, que lloraba desconsoladamente y se quejaba con amargura de su cuerpo magullado; una imagen atroz que a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad le hubiera puesto los pelos como escarpias. Y Esteiro comprobó en ese instante que él no estaba huérfano de esa sensibilidad. Se acercó al muchacho y lo alzó con tanta parsimonia como delicadeza, evitando en la medida de lo posible causarle más congoja, tormento y pesadumbre.

Al pasar por al lado de la mesa rectangular de hierro, único mobiliario junto con dos sillas destartaladas de la cavernosa sala de interrogatorios, el inspector se percató de que un vaso de plástico descansaba sobre la rugosa superficie de la mesa, y encajada dentro del vaso, desbordándolo, había una fotografía hecha un gurruño. Con dos dedos, el pulgar y el índice, Esteiro extrajo la fotografía y luego la planchó con la mano hasta dejarla prácticamente aplanada. Aparecían cuatro chicos, sonrientes y felices. Pero uno de ellos destacaba sobre los demás; un círculo de color rojo le ceñía la cabeza, a modo de halo. Y esta circunstancia impulsó a Esteiro a fijarse más detenidamente en su aspecto. De repente, al inspector se le demudó el rostro, y el color de su cara en seguida adquirió el tono de la cera, de forma que hubiera podido mimetizarse con las amarillentas paredes de la estancia. Y no sólo eso, también hubo un momento en que sus ojos parecieron salirse de sus órbitas. 

El joven que Esteiro examinaba tan reconcentradamente, en la fotografía, era Salvador, su hermano pequeño. A su derecha posaba, también lo reconoció pronto, el mismo muchacho que en ese preciso momento él sujetaba por debajo del brazo para que no se derrumbase como un pelele. Y a la izquierda de Salvador, se encontraban Vicente Vergara y un chico de complexión gruesa y piel sonrosada, del que desconocía su identidad; sin embargo, al inspector no le cabía la menor duda de que era otro de los detenidos en la redada de ayer.  

 

Continuará...

 

 

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