Descansen en paz

Viernes, 10 Febrero 2017 10:12 Escrito por  Ginés Vera Publicado en Ginés Vera Visto 130 veces

Desde hacía un tiempo, y sin razón aparente, las fosas y lápidas del pequeño cementerio aparecían de día agitadas, algunas profanadas, los restos desubicados. Y eso a pesar de haberse elevado, por orden del señor alcalde, el muro de piedra que lo rodaba varios metros y de haber soltado perros adiestrados de noche. En el pueblo no daban crédito, tampoco cuando vieron circular por la calle a aquel hombrecillo. Se asomaron a las ventanas y balcones, o salían a la puerta, por enterarse de si eran ciertos los rumores. El forastero era un tipo encorvado, taciturno, fumaba en pipa y se acompañó del alguacil, el médico, el cura y el alcalde quien advirtió en un pleno, días atrás, que contratarían a un detective de cementerios. Trataba solo asuntos relacionados con los muertos, explicaba aquel cuando le preguntaban, siguiendo siempre, eso sí, un método riguroso y científico, añadía ante los más escépticos. Los vecinos cerraron puertas y ventanas, regresaron a sus rutinas moviendo la cabeza, santiguándose, sin creerse demasiado qué podría hacer aquel hombre. 

Llegada al camposanto la comitiva, escuchadas las versiones del cura y el enterrador, el detective inspeccionó la tierra revuelta y las lápidas, una a una, acariciando la cachimba que portaba en sus labios. Asintió varias veces, como conversando en un monólogo interior, mesándose la barba, antes de dirigirse a quienes le miraban extrañados sin decir ni pío. Su veredicto fue claro y escueto: los muertos estaban mal distribuidos. Como su auditorio no pareció entender, el hombrecillo añadió una parrafada justificando que el lugar de cada quien, al morir, no podía ser elegido de forma arbitraria o seguir una simple lógica ordinal. Había que tener en cuenta los deseos o antipatías del finado también al ser enterrados. Siguiendo su consejo, se reubicó a los amantes juntos, aunque en vida no hubieran contraído matrimonio, alejando a esposas y maridos de sus respectivos amantes; a los amigos se les colocó en grupo y, sobre todo, a los contendientes de uno y otro bando de la guerra, en lados opuestos del cementerio para evitar rivalidades. Desde aquel día, en el pueblo, los muertos y los vivos descansan en paz.

 

Ginés Vera

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