El peso de la memoria (1 de 4)

Divendres, 10 Febrer 2017 11:14 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 318 vegades

A mis padres, Enrique y Josefina 

 

El vehículo oficial camuflado, un Renault 12 de color azul, circulaba a gran velocidad por la arteria principal de la ciudad. Estaba ocupado por tres inspectores de la Brigada de Investigación Social, más conocida popularmente como la Brigada Político-Social. Esteiro, que iba arrellanado en el asiento de atrás, no llevaba ni una semana en la unidad; era su primer destino tras jurar el cargo. Y sentía algo más que una picazón en el estómago. Su cabeza era un campo de batalla entre sentimientos encontrados. 

 - Agárrate fuerte, novato, que nos lanzamos a tumba abierta. A nosotros no se nos va a escapar el pájaro –dijo el conductor, que se apellidaba Castillo, y era el más antiguo de los tres.

A Esteiro, su compañero Castillo le parecía un personaje cervantino. Pues siempre remataba sus frases con lugares comunes: “Esto lo solucionamos en un santiamén”, “cuando nos vea el menda se va a quedar de una pieza”.

 El copiloto, conocido en la unidad por el remoquete de “el Mudo”, sin duda hacía honor a su apodo, toda vez que aún no había despegado los labios desde que salieron de Jefatura. También aseguraban algunos colegas –a sus espaldas, claro- que poseía una mirada propia de un ave rapaz, concretamente del quebrantahuesos. Y no sólo la mirada.

 Corría el mes de abril de 1971. Castillo, Esteiro y el Mudo formaban parte del operativo encargado de la detención de los integrantes de la organización universitaria del Partido Comunista de España, una de las estructuras de oposición al Régimen que más quebraderos de cabeza estaba causando en los despachos del Gobierno Civil. De ahí que la contundente actuación policial no se podía demorar ni un día más, porque se acopiaban noticias en la Brigada, recabadas de diferentes fuentes, de que los miembros de esa organización se aprestaban a hacer mucho ruido en el inminente 1º de Mayo.  

 De modo que los tres inspectores enfilaron la avenida hacia el domicilio de un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, llamado Vicente Vergara, a quien las autoridades gubernamentales adornaban con la vitola de enemigo público número uno. Los policías tenían la orden, tajante e inexcusable, de proceder a su detención y, acto seguido, realizar un minucioso y exhaustivo registro de su vivienda. La aprehensión de la imprentilla ciclostil o “la vietnamita” se había convertido en una obsesión para los responsables políticos. Había que acabar con la impresión de las octavillas clandestinas.

 

Enrique S. Cardesín Fenoll

 

Modificat el Divendres, 10 Febrer 2017 11:57

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