El peso de la memoria (2 de 4)

Dimarts, 28 Febrer 2017 09:31 Escrit per  Enrique S. Cardesín Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 326 vegades

Esteiro regresó a la casa familiar a la hora de la cena. Allí vivía con su madre, ya viuda, y sus dos hermanos: Claudia, la mayor, que seguía preparando oposiciones para Correos, y Salvador, el benjamín, y el primer universitario de la familia. Cursaba segundo de Derecho. Y atesoraba un magnífico expediente académico. Concluyó el bachillerato con matrícula de honor.

Esteiro y sus hermanos le prodigaron más arrumacos y besos esa noche a su madre que de costumbre. Se cumplían cinco años de la muerte de su marido. Una sutil mirada entre ellos, selló el tácito consentimiento que precedía a la inveterada costumbre de la viuda en esa efeméride: narrarles a los hijos algunos episodios de la vida del padre; indefectiblemente los mismos.

Enrique Esteiro fue miembro de la Guardia de Asalto. Y cuando Manuel Azaña fue elegido presidente del Gobierno de la Segunda República, pasó a ser uno de sus escoltas; su predilecto, según escribió el propio Azaña en una carta remitida al político socialista Indalecio Prieto. A raíz de la sublevación militar del 36, Enrique acompañó al presidente primero a Barcelona y luego a Valencia, y residió con Azaña en la vivienda que éste ocupó en la Pobleta, en pleno corazón de la Sierra Calderona. Una preciosa masía del siglo XIV.  Y también fue testigo del discurso que el presidente pronunció, en enero de 1937, en el Ayuntamiento de Valencia. Sin embargo, tras firmar Manuel Azaña el decreto que ordenaba el traslado del gobierno a Barcelona, Enrique decidió permanecer en la capital del Turia, ya que en este lugar había conocido él a la mujer que sería su esposa, Josefina, una perito mercantil que trabajaba de secretaria en el Consistorio, a la sazón regido por el anarquista Domingo Torres. Enrique, al finalizar la contienda, fue condenado a muerte por el delito de rebelión militar. Pena que se le conmutó más tarde por veinte años de presidio, de los que solamente cumplió cinco en la Cárcel Modelo de Valencia.

Pasada la medianoche, la madre y la hermana de Esteiro se retiraron a sus habitaciones, pero él y su hermano Salvador continuaron conversando en el salón, al tiempo que daban buena cuenta de una botella de brandy Soberano.

Salvador le preguntó a Esteiro por su destino en la Jefatura Superior de Policía, y éste le mintió: Estoy trabajando en la Brigada de Investigación Criminal. Y Salvador, de súbito, lo abrazó con fuerza y, con un brillo especial en lo ojos –quizá por el alcohol, quizá por la emoción de los hechos rememorados esa noche-, le dijo: Nuestro padre estaría muy orgulloso de ti, hermano. Ya sabes lo pesado que se ponía siempre con eso de la policía al servicio del pueblo. Y Esteiro, para desviar la atención sobre su persona, le imploró a Salvador que se dedicase en cuerpo y alma a estudiar y no se involucrase en actividades políticas clandestinas, puesto que había oído comentar a sus compañeros de La Social que se estaban produciendo numerosas detenciones de universitarios militantes de organizaciones comunistas. Salvador, por su parte, también le mintió a Esteiro: No te apures, hermano, que yo no me voy a meter en ningún jaleo de esos.

 

Continuará...

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