Un hijo en Berlín (1 de 5)

Divendres, 24 Novembre 2017 10:28 Escrit per  Enrique S.Cardesín Fenoll Publicat en Enrique S. Cardesín Vist 113 vegades

Adolfo vivía en Berlín, en el número 58 de la calle Oranienburger Strasse, a escasos metros de la Nueva Sinagoga. Era un piso de techos altos, pero de pocos metros cuadrados. Se accedía al portal de la casa atravesando el patio interior, ajardinado, del edificio. 

Adolfo era doctor en Química. Debido a la falta de oportunidades en España, tuvo que emigrar a Alemania, donde había conseguido un empleo en la empresa farmacéutica Bayer. Ahora ocupaba un puesto de responsabilidad en el departamento de innovación. Ya llevaba más de seis años en Berlín. Pero Adolfo ignoraba que no fue su currículo académico el que le abrió tan rápidamente las puertas de esa empresa puntera en su sector, sino una vieja amistad de su padre: un ciudadano alemán. Ni su padre ni su madre le habían hablado nunca de esa persona. 

La convivencia doméstica entre Adolfo y su padre en España nunca fue fácil. Y los años de fricciones constantes y de mayor distanciamiento entre los dos, coincidieron con la etapa universitaria del hijo: invariable protagonista de todas las huelgas y manifestaciones contra la política educativa del gobierno de Aznar, y militante de Izquierda Unida. Las comidas familiares eran el habitual campo de batalla. Siempre que Adolfo criticaba acerbamente la falta de derechos y libertades durante la larga y oprobiosa dictadura franquista, el padre se encolerizaba mucho y el tono de la disputa verbal se elevaba hasta extremos peligrosos. Así que a la madre, temerosa de que pudieran llegar en cualquier instante a las manos  -que era lo que presagiaba el aumento gradual de la intensidad de sus voces-, le tocaba templar gaitas, hasta que retornaba la paz a la mesa. Luego, el resto de la comida transcurría en un duro y afilado silencio, con padre e hijo sin levantar la mirada del plato; los ojos allí clavados como la puntilla en la testuz de un toro. La madre era consciente de que ninguno de los dos daría nunca su brazo a torcer. Su marido, que se llamaba Francisco,  había heredado el ideario de su suegro: falangista de la primera hora, que combatió en los frentes más encarnizados de la guerra civil española, y después se marchó a Rusia enrolado en la División Azul, y en el sitio de Leningrado le salvó la vida a un oficial de las Wafen-SS que estuvo en un tris de morir desangrado por las graves heridas sufridas en una pierna a raíz de la explosión de una granada de mano en la trinchera, toda alfombrada de nieve, en la que estaban parapetados junto a otros soldados alemanes y españoles. El abuelo de Adolfo era, además, un redomado antisemita. 

Adolfo se licenció con matrícula de honor en la Facultad de Química. Y logró un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral. Esto propició que el padre se sintiera cada vez más orgulloso de su hijo. De modo que las discusiones entre Adolfo y Francisco fueron perdiendo virulencia, aunque continuaron latentes. La madre permanecía al quite y sacaba en seguida el capote cuando alguna noticia publicada en la prensa, en alusión a la situación política del momento, volvía a colocarlos uno frente a otro: ceñudos, agresivos y vocingleros.    

El padre de Adolfo, tras su reciente viudedad, acudió ese verano él solo a visitar a su hijo en Berlín. Los veranos anteriores lo había hecho siempre en compañía de su esposa.  A Francisco, cuando no se daba su largo paseo por el tradicional bulevar Unter den Linden, hasta alcanzar la Puerta de Brandenburgo, y desde aquí, vuelta a casa de Adolfo en sentido inverso, le gustaba quedarse en casa a pegar la hebra con la mujer que su hijo había contratado el último otoño para que se encargara diariamente de las labores del hogar, habida cuenta de que su trabajo no le dejaba apenas tiempo para tales menesteres. Adolfo le dijo a su padre que había tenido una inmensa suerte con la aparición de la mujer, la señora Sabath, pues era muy hacendosa y cariñosa; y atribuía a su hado teutón el hecho de que ella llamara un día a su puerta y le preguntara si necesitaba una asistenta. Justo en el momento en que él ya se podía permitir ese gasto. La señora Sabath lo cuidaba como a un hijo.

 

Continuarà

Enrique S.Cardesín Fenoll

Modificat el Divendres, 24 Novembre 2017 10:50
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